De navíos extraviados y otros cuentos

barcoImagínese el lector un barco en el medio de la nada. Todo en derredor es un océano sin límite, un horizonte infinito más allá del cual se adivinan las bendiciones de la tierra firme: vegetación, agua fresca, comida recién hecha, mujeres (u hombres, todo depende de quien lea este artículo)… en suma, los placeres de la vida mundana. Los marineros se encuentran ejerciendo de manera mecánica sus funciones sobre cubierta. Por ahí alguien silba, otro entona una canción indefinible con una voz gangosa y estentórea, más de alguno se deja invadir por la nostalgia.

El capitán, desde la cabina de mando, ausculta infructuosamente el horizonte buscando señales de tierra firme. Se encuentran perdidos. Aún en la noche estrellada, no sabe leer las estrellas. Es otro hemisferio, otro cielo, otro mundo, no hay experiencias previas. No hay camino a casa, sólo una vasta masa de agua por delante, y por detrás. Están perdidos en alta mar.

No es una historia de aventuras, ni de descubrimientos geográficos, ni de piratas. Es una simple metáfora de la situación en que se encuentran muchas empresas en relación al futuro. Navíos sin rumbo en medio de un océano de datos, eventos desconcertantes, singulares, conocimientos nuevos, nuevos escenarios… contingencias incomprensibles de un mundo cada vez más complejo e indescifrable.

Marineros hay de todas clases en esas empresas. Hay, sobretodo, una pléyade de altaneros oficiales de agua dulce que aun sabiendo que aprendieron a navegar en aguas menos profundas y traicioneras, se sienten, no obstante, expertos en el arte de navegar. Los hay también de esos que, aún en la era del GPS, necesitan de sextantes y astrolabios para encontrar el rumbo en medio de las rutas vertiginosas por las que navegan. Son esa clase de navegantes arrogantes los que hunden barcos. El suelo del océano está lleno de esqueletos de portentosos navíos que se hundieron por la impericia de sus capitanes.

Traemos a colación este ejemplo para introducir nuestro tema de la semana: la necesidad de recuperar el sentido de misión en las empresas.

Para comenzar debemos responder esta pregunta: ¿qué es una empresa?

Básicamente una empresa es un conjunto de actividades humanas organizadas con el fin de producir bienes o servicios. Toda empresa, todo emprendimiento, requiere de una razón de ser, una visión y una misión concretas. A partir de ahí han de surgir una estrategia, objetivos, acciones específicas. Toda la acción y planificación posterior se encuentra condicionada por la definición de una misión que le da una razón de ser y una finalidad a ese conjunto de actividades humanas organizadas.

Subrayemos esto: no hay estructura sin un propósito previo –digamos, sin un sueño−, tal como no hay edificio sin un diseño que lo preceda. La estructura hace posible la materialización de la visión que le da sentido a todo el esfuerzo individual y colectivo involucrado.

No obstante, al ver la realidad de muchas empresas de hoy, pareciera que se organizan como si fueran un fin en sí mismas. Este síndrome del navío extraviado –expresión de una pérdida de sentido− es aún más claro en los días que corren, ya que el fenómeno se acrecienta en épocas de crisis. En períodos de dificultades, cuando los cimientos de las empresas se estremecen, cuando la situación azarosa de “allá afuera” toca los bolsillos de las organizaciones, pareciera que todo lo demás, excepto los números azules, contara. De ahí el prurito por los reajustes, las rebajas de salarios, los recortes de plazas de trabajo, los despidos masivos. El barco se hunde. La consigna es una sola: ¡sálvese quien pueda! Por supuesto, como en el Titanic, no alcanzan los botes para todos, o no supimos emplearlos adecuadamente.

En medio del caos, lo primero que se hunde son la misión, la visión, los valores, el sueño que dio origen a la empresa. Pareciera que el valor supremo fuera llegar a fin de mes, sobrevivir a como dé lugar. Los navegantes se han convertido en náufragos, el sueño en pesadilla, la ilusión en desesperanza. Es la muerte que se anuncia.

La frustración generalizada es como el canto arrullador de las sirenas: no hay futuro, no hay futuro, no hay futuro. Este sentimiento se expande como la marea roja por el alma de todos. De capitán a paje, han sido hechizados por el canto de sirenas de un sentido de carencia insondable, profundo como el mar en que se hunden los sueños de todos.

Lo peor es que muchas veces el navío se extravía sin la ocurrencia de ninguna tormenta o tragedia externa, más allá de la desgracia de la propia pérdida de sentido.

¿Cuándo ocurre esto? Ocurre cuando la estructura organizacional se ha convertido en un fin en sí misma, olvidando que es solo un medio. Cuando olvidamos que una empresa es, en esencia, una creación humana creada para satisfacer necesidades humanas, hemos caído también en el síndrome del navío extraviado. El barco, como tal, no puede nunca llegar a ser el objetivo. Un barco es tan solo medio que nos ayudará a llegar al objetivo, a nuestro destino. Todas las estructuras son caducas e intrínsecamente efímeras pues su existencia responde únicamente a la necesidad de alcanzar un objetivo. Cada vez que una estructura se convierte en un fin en sí misma, comienza un proceso de destrucción inexorable. Sin el componente humano, las estructuras no pueden evitar su ruina.

Se ha perdido el sentido de una estructura cuando el elemento humano que la integra pierde de vista esta pregunta fundamental: ¿para qué estamos aquí, para qué hacemos lo que hacemos? Si el para qué ha dejado de ser parte de las preocupaciones esenciales de los trabajadores y altos mandos estratégicos, el corazón ha dejado de ser una parte del proceso. Sin este sentido de misión, sin una razón de ser, no hay compromiso posible, no hay pasión, no hay entrega, no hay iniciativa, creatividad, empuje.

Esto, que ya era un hándicap importante en las empresas del siglo pasado, en las del siglo XXI es aún más importante. Los trabajadores del conocimiento no se comprometen con causas sin alma. La inteligencia colectiva solo florece en ambientes inteligentes; y hay poca inteligencia en la jerarquía per se.

Para abrirse a la inteligencia colectiva, a la innovación, a la creatividad, al cambio y al compromiso, para abrirse al futuro y encontrar el rumbo en medio de este vasto océano de incertidumbre, las organizaciones empresariales tienen que volver a ser humanas. Una razón de ser a nivel humano, más profunda que el natural imperativo económico de toda empresa, le da sentido a la búsqueda de sentido. No todo es ganancia, utilidad material; hay también otras formas de ganar. Lo curioso es que las empresas que más ganan son las que ponen el lado humano de las cosas en un lugar preeminente.

Es el nuevo paradigma: empresas con alma para un mundo más humano. ¿La alternativa? Dejaremos esta respuesta en puntos suspensivos.

Hasta la próxima publicación.

 

 

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  1. Humberto romero
    1 diciembre, 2014 en 11:34

    La humanizacion de las Organizaciones Privadas y Gubernamentales es el camino a seguir

  2. Margarita
    8 diciembre, 2014 en 11:38

    Excelente reflexión….hay muchos barcos sin timón en este mar!

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