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A levantar la “TIERRA QUEMADA”

Lecciones de una tragedia: el infierno de Valparaíso desde la perspectiva de la Dirección de Proyectos. ¿Cómo levantar la ciudad y prepararla para enfrentar el crudo invierno que se avecina?

A pocos días del terremoto del norte una nueva catástrofe ha sacudido el alma de Chile. El incendio de Valparaíso ha sido un verdadero remezón que, al menos superficialmente, ha servido para zarandear por unos días las conciencias adormiladas de los chilenos.

A propósito de esta tragedia nos hemos encontrado por casualidad con un interesante artículo reciclado por el periódico digital El Matutino cuya versión original se remonta al día 18 de febrero de 2013 (VER), más de un año antes de la tragedia, escrito por el sociólogo Felipe Espinosa P. En el texto se cita al conocido escritor porteño Joaquín Edwards Bello (1887-1968) quien en su libro Valparaíso, ciudad del viento dice, refiriéndose a su ciudad natal: “Al lado no faltaba el clásico edificio incendiado, porque Valparaíso debiera llamarse Pirópolis, o ciudad del fuego”.

Las imágenes del incendio se agolpan en nuestra memoria. La ciudad del fuego ha ardido desde la desidia de décadas de abandono de autoridades que no han sabido encauzar el crecimiento de una urbe que, bajo el manto crudo de la pobreza y el desamparo, ha arañado los cerros en busca de una identidad propia y un mejor destino.

De la mano de Edwards Bello, Espinosa aporta otro dato interesante que, en lo personal, desconocía completamente: antes de la llegada de su descubridor, don Juan de Saavedra –marino español que en 1536 bautizó la ciudad en recuerdo de su pueblo natal, Valparaíso de Arriba, ubicado en la provincia de Cuenca–, los habitantes originarios llamaron a estas tierras Aliamapa, que significa, literalmente, “tierra quemada” o “país quemado”.

Es que el flirteo de la joya del Pacífico con el fuego es cuento viejo, ancestral incluso. En efecto, la historia señala que Valparaíso es una ciudad viva, espontánea, agreste, desordenada, sometida periódicamente a este tipo de calamidades, circunstancias siempre agravadas por sus peculiares condiciones geográficas y climáticas, a las que se suma la más que evidente precariedad de su infraestructura y de sus sistemas urbanos.

Ahora, una vez ocurrida la tragedia y hecho parcialmente el catastro de los daños, cabe preguntarse… ¿qué hacer?

Por experiencia sabemos que en estos escenarios de crisis suelen surgir de todas partes, como la maleza, numerosas cabezas pensantes y aspirantes a cabecillas o capitanes después de la batalla que no trepidan en criticar la paja en el ojo ajeno haciendo caso omiso de la viga en el propio. Junto a ellos, suele desplegarse una cohorte de funcionarios de distinto nivel que, cumpliendo al pie de la letra sus “funciones”, atacan el problema post factum desde sus propias trincheras impidiendo que se imponga una visión de conjunto que ayude a poner fin, de una vez por todas, a las condiciones que hicieron posible que una catástrofe natural –es decir, un accidente–, se convierta en una tragedia humana de dimensiones difícilmente mensurables.

(NOTA: Para conocer de buena fuente ciertos aspectos controvertidos relacionados con este caso, consultar el siguiente enlace: El historial de negligencia y corrupción que hizo arder a Valparaíso, CIPER CHILE)

La pregunta obvia es, ¿quién centraliza, quién se encarga de velar por “el todo”, por establecer objetivos, prioridades, plazos? Además, ¿quién se asegura de que los recursos lleguen efectivamente donde tienen que llegar? ¿El gobierno de turno? Debiera ser así. Pero es precisamente aquí donde surge el peor de los problemas: la improvisación, que, sumando evento tras evento catastrófico a lo largo y ancho del territorio nacional, multiplica los factores agravantes de cada incidente. Porque cuando la coordinación se hace desde el terreno político, dejando en segundo plano el aspecto técnico de las cosas, surge la tentación natural del aprovechamiento de las circunstancias, poniendo énfasis en lo mediático –de afán cortoplacista por antonomasia–, que suele dar réditos electorales, versus el talante a veces árido e impenetrable de la visión estratégica de los expertos, que no trabajan para las luces de la farándula mediática sino para la solución de fondo de los problemas que se les presentan.

Por eso el tema del rescate de los mineros fue exitoso, pues el gobierno de turno dejó trabajar tranquilos a los especialistas, poniendo a cargo de un equipo multidisciplinario de profesionales competentes a una persona experimentada y muy capaz, como André Sougarret, con el ministro Golborne liderando únicamente el tema comunicacional de modo de dejar trabajar en paz a los entendidos.

En estos casos vuelve a asomar la trascendencia del tema del liderazgo. Hemos señalado en innumerables ocasiones que el liderazgo es un elemento crucial en relación al cumplimiento de los objetivos conjuntos trazados por cualquier tipo de organización humana. Líderes con escasa visión suelen entorpecer el cumplimiento de sus propios planes y propósitos, además de obstaculizar el surgimiento de soluciones inteligentes y efectivas ante los problemas que se suscitan en tiempos de crisis. Los líderes miopes no van más allá de “apagar incendios”.

Está claro que en temas de CRISIS deben flexibilizarse TODOS los procedimientos, normas, leyes, decretos, regulaciones. Una crisis es, de por sí, una excepción. Por ejemplo, si se va a construir y pavimentar de nuevo una calle, una cuadra, un barrio, una villa, el proceso tiene que pasar por un proyecto, que debe ser validado por distintos organismos públicos como el MOP, el MINVU o las SEREMIS, MUNICIPIOS, SECRETARIAS DE PLANIFICACIÓN, y finalmente por la Contraloría… y eso son muchos meses, incluso años. Luego de eso, se debe licitar para adjudicar la construcción a una o más empresas. El problema es que sólo la licitación puede demorar 6 meses, proceso que también debe ser aprobado por la Contraloría, etc. Por supuesto, ¡luego la construcción tomará otros dos años!

¿Se entiende? Todo se hace lento. Si no fuera por la ayuda voluntaria estaríamos aún peor. Porque, ¿se imaginan como hubiera sido posible la rápida limpieza de los terrenos en los cerros sin el concurso de los voluntarios? Por cierto, hubo todo tipo de problemas por la cantidad de trabajo voluntario mal encausado. Y una vez más volvemos a la misma interrogante: ¿quién manda aquí?

En fin, es complejo el tema.

La pregunta de rigor es: ¿Quién se hará cargo del enorme desafío de volver a la normalidad a la ciudad de Valparaíso luego del desastre? Evidentemente, no puede ser una comisión, ni un ministro de Estado, pues una comisión tiene muchas cabezas (ya sabemos lo que cuesta poner en sintonía a muchas cabezas), y un ministro tiene muchas otras obligaciones y no podría disponer de mucho tiempo para preocuparse de un solo tema.

En casos tan complejos como este la solución más efectiva es nombrar a una sola persona, un experto con dedicación exclusiva que lidere un equipo de técnicos en cada área. La idea es dar una respuesta pronta y efectiva a la multiplicidad de problemas que se presentan en el corto, mediano y largo plazo. En este punto, hemos de señalar que al menos el gobierno optó por nombrar un delegado presidencial, lo mismo que para la reconstrucción post-terremoto en el norte; solo falta constatar qué tan empoderados están estos delegados, de cuántos recursos dispondrán y qué tan capaces serán para acometer la importante tarea que les ha sido asignada. Esperemos que no sean meros coordinadores, sin reales atribuciones para abordar los problemas de fondo en cada escenario.

El desafío –digamos, el Proyecto– es “Levantemos Valparaíso”… ¡pero ya! Entre otras cosas, se viene el invierno, con el peligro que implica el tener seis cerros devastados. De no tomarse las medidas del caso, es muy probable que las lluvias invernales provoquen desastres en el plano de la ciudad dada la falta de contención natural de la vegetación y las casas, hoy inexistentes. No es tiempo de experimentar ni de hacer política. Hay que poner manos a la obra de manera rápida, eficiente, efectiva y oportuna.

En síntesis

La expresión “apagar incendios” es muy ilustrativa de lo que ocurre, con mucha mayor frecuencia de la que quisiéramos admitir, en el mundo organizacional. El concepto hace alusión al actuar en el día a día atendiendo únicamente las contingencias diarias, sin un plan, sin una estrategia clara. El problema aquí es que suelen haber tantos actores involucrados que ponerlos a bailar todos juntos sin una melodía unificadora genera caos. Siempre en estos casos descubrimos que no hay prioridades y que cada área funcional de la empresa defiende su propia parcela de responsabilidades limitada, restringida. Todo lo malo que pasa es culpa de los demás. Es como trabajar asustados. Un síntoma típico de este estado de cosas es cuando los responsables esgrimen el clásico argumento de la falta de personal. En estos escenarios suele suceder que la gente tenga que trabajar horas extras. Lo malo es que la gente que hace horas extras suele estar “reventada” y no se le puede pedir otra cosa que estar en el día a día, pues en estos casos la carga de trabajo suele estar mal distribuida. Y aquí volvemos al principio, la falta de planificación, etc.

Es que en los grupos humanos cada actor tiene sus propios intereses, y si el interés general del grupo no está claro es común que nadie responda por el interés global de la empresa o proyecto en el que está involucrado.

Suele ser común que cuando uno le pregunta a la gente en las empresas por qué está haciendo lo que hace, la respuesta no pasa de “es mi deber”, “sigo las órdenes del jefe” o simplemente “porque no me queda otra”. Cada vez que esto ocurre podemos deducir que estamos en presencia de una organización “apagadora de incendios”. Y es que la carencia de una visión a largo plazo, la falta de planificación y la incapacidad de transmitir desde los altos mandos un espíritu de conjunto –como en el fútbol– es uno de los peores déficits que existen a nivel corporativo.

En fin… hasta el próximo artículo..

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