El efecto del “Cisne Negro” en la Dirección de Proyectos Parte II

Different_1024x768En el artículo anterior nos referimos a la teoría del cisne negro del matemático de origen libanés Nassimm Nicholas Taleb. Dijimos entonces que muchos descubrimientos, inventos y avances científicos y tecnológicos que favorecieron el progreso de la humanidad –así como incontables sucesos ominosos que cambiaron el curso de la historia− tuvieron su origen en hechos súbitos, imprevistos y altamente improbables que, no obstante, dejaron su impronta marcada a fuego en la memoria humana.

Luego de introducir el tema, en un intento por explorar la utilidad de este concepto en nuestra disciplina, lo asociamos con el fenómeno de la serendipia, como se denomina a los hallazgos fortuitos de soluciones a problemas cuya resolución no se estaba buscando originalmente.

Hoy queremos volver sobre nuestros pasos y continuar abordando este apasionante asunto, que nos parece de sumo interés para la gestión de proyectos dada la necesidad a que nos enfrentamos a diario los directores de proyectos de propiciar ambientes de trabajo abiertos a la creatividad, la imaginación, la innovación y el cambio, en medio de los tiempos de alta incertidumbre y extrema volatilidad en todos los aspectos de la vida que nos encontramos viviendo.

Decíamos en dicho artículo que en el presente las organizaciones necesitan, más que del experticismo de cuello y corbata, de la actitud del cazador sagaz que se encuentra siempre en estado de alerta para atrapar al vuelo la combinación exacta de sucesos que nos permita dar un salto de calidad en todo lo que hacemos. Ese estado de alerta, mantenido en el tiempo, nos ayudará en todo momento y lugar a reconocer las oportunidades y a resolver mejor los problemas que se nos presentan en el ejercicio de nuestras funciones.

Mediocristán versus Extremistán

Una característica intrínsecamente unida a los sucesos del tipo cisne negro, según Taleb, es que, mirados en retrospectivas, presentan una faz que nos hace pensar en ellos como en acontecimientos absolutamente factibles, no obstante que en su momento resultaran imposibles de predecir. La pregunta inevitable que surge a esta sensación de plausibilidad es una sola: ¿cómo no nos dimos cuenta antes?

Es en este punto que la sagacidad del cazador hace su entrada a escena como una estrella reluciente. La mayoría de la gente, acostumbrada a la cotidianeidad, vive en la ceguera absoluta respecto a la aleatoriedad de la vida; por lo mismo, la gente se duerme en los laureles de la comodidad embarcando su capacidad de percepción y de análisis de la realidad en el vagón de la inercia. Es el tren en el que viaja la inmensa mayoría de la humanidad. Taleb hace referencia a ello cuando se refiere a la tiranía de lo colectivo.

Ese mundo “confortable” −aunque no siempre placentero−, es el mundo de Mediocristán, donde se cumplen a rajatabla los principios de la campana de Gauss y la experiencia personal no pasa más allá de reflejar el promedio estadístico del sueño colectivo, cuyo rango de aleatoriedad es suave, casi inexistente. Las matemáticas de este mundo pertenecen al ámbito de la aritmética estadística y de la teoría de la probabilidad. En este escenario el índice de escalabilidad de los sucesos es muy bajo. Una inversión aquí produce resultados mediocres y triviales. Ejemplo: cobras por cada cosa que vendes (y si no vendes, no cobras). Pero, tal como en un mercado tradicional, todos venden y compran, por lo que las ganancias se reparten en un promedio que asegura que la torta se reparte entre todos o casi todos. En resumen, los ganadores de este juego solo se llevan una pequeña porción del pastel.

Las grandes desviaciones se producen en el otro extremo del espectro, al que Taleb da el nombre de Extremistán. Según el autor libanés, todos los sucesos pueden ser descritos como pertenecientes a uno u otro de estos dos mundos opuestos.

En Extremistán –que es el “ecosistema” donde cobran vida los cisnes negros− cualquier desviación produce grandes efectos. Es decir, encontramos en este mundo una escalabilidad fuertemente acentuada, junto a un rango de aleatoriedad muy marcado. Casi no hay términos medios en esta esfera. Puedes convertirte en gigante o en enano en un santiamén. Por regla general se entiende que las start-ups pertenecen a este mundo extremo, también los corredores de bolsa o brokers, que viven inmersos hasta el cuello en lo que Taleb llama la tiranía de lo accidental y lo aleatorio. Las matemáticas de Extremistán son mucho menos ortodoxas, como la geometría fractal de Benoît Mandelbrot o las formulaciones matemáticas de la física cuántica.

La dirección de proyectos en Mediocristán y Extremistán

Pues bien, ¿cómo se comportan los directores de proyectos en uno u otro mundo?

La respuesta salta a la vista: mentes promedio funcionando a la velocidad promedio de un mundo promedio, producen resultados promedio. Simple. Si usted quiere gestionar y administrar realidades ya existentes sobre la base de fórmulas conocidas, no necesita más que del concurso de expertos promedio, con excelentes antecedentes académicos, que lo ayuden a llevar su embarcación tras la estela de otros barcos que ya han navegado por las mismas aguas y hecho el mismo recorrido. No pondrá usted jamás todas las fichas en el casillero negro o el rojo, no se va a jugar usted una fortuna en una mano de póker. Esto, porque usted es un habitante en toda la regla del país de Mediocristán −lo que no es malo en modo alguno, no vayamos a confundir las cosas. Casi por regla general, la mayoría de las organizaciones, sean del tamaño que sean, e incluso los países y las organizaciones internacionales, no necesitan ni deben ir más allá de las fronteras de Mediocristán… por lo menos mientras no se vean enfrentadas a situaciones extremas.

Después de todo, esta actitud de simplificación de la realidad le permitió a nuestra especie prosperar en medio de un entorno tremendamente hostil. La capacidad de identificar patrones fácilmente reconocibles y de separar lo relevante de lo irrelevante le permitió a nuestros antepasados, como nos permite ahora, ahorrar una cantidad considerable de energía que puede ser aprovechada para otros usos, como el perfeccionamiento de las facultades intelectuales en el pasado o el ahorro moderno de tiempo, energía y dinero que queda disponible para el progreso de otras áreas de la vida.

Por supuesto, esta actitud tiene un inconveniente: la gestión de riesgos, desde el punto de vista ortodoxo promedio de Mediocristán, no considera la infiltración repentina de cisnes negros en la realidad. Por lo general, la gestión de riesgos no se enfoca en la estratósfera de lo que se proyecta más allá de la campana de Gauss, pues la opinión de los expertos en este punto se concentra en el terreno de lo conocido  y de la experiencia adquirida en el pasado. A fin de cuentas, moverse en este terreno es lo que les permite a éstos situarse en el pedestal de predominio en sus respectivas parcelas de conocimiento.

No se trata de que en Mediocristán no se maneje la incertidumbre. Por supuesto que siempre se considera un factor de aleatoriedad, pero de un rango que no alcanza a cubrir todos los escenarios posibles. Para prevenir, por ejemplo, el ataque a Pearl Harbor, el 11-S o el desplome financiero del 2008, se necesitaba otro abanico de opciones, como cierta capacidad de estar al acecho de indicios apenas perceptibles. Esos cisnes negros cantaron antes de hacer su entrada en escena, pero los oídos de los expertos no pudieron captarlos porque su frecuencia estaba más allá del rango de sus capacidades perceptivas. Esto se debe a una tendencia de nuestro cerebro de interpretar los hechos poco familiares como poco importantes y, por tanto, como poco probables.

No obstante, los japoneses atacaron Pearl Harbor, las torres gemelas cayeron, el mundo se vio inmerso en una crisis económica de la que aún no logra levantarse, etc. Y ahora los expertos llenan páginas y páginas con explicaciones teóricas de por qué ocurrió lo que ocurrió, y son invitados a programas de televisión, son reconocidos, enseñan en universidades, tienen la última palabra en sus propios ámbitos de acción, son respetados… en fin. ¿Se entiende?

A estas alturas, ya no hemos de dudar respecto de lo que necesita un director de proyectos del siglo XXI. Las organizaciones que quieran liderar el futuro han de ir a buscar a estos discípulos de Sócrates −expertos en nada, pues sólo saben que no saben nada de nada− a las universidades de Extremistán.

Según el escritor y estadístico estadounidense Nate Silver, el mundo produce diariamente más de 2,5 trillones de bytes de datos, los que alcanzarían para llenar mil millones de libros de diez millones de páginas cada uno (VER artículo “¿Por qué fallan la mayoría de las predicciones?” en diario La Tercera). Uno se queda sin aliento frente a semejante perspectiva. Es como un tsunami de datos que arrasa todos los días al mundo, erosionando cotidianamente las viejas estructuras (patrones) sobre las que cimentamos nuestras vidas.

Y en este punto se nos presenta una gran paradoja de nuestros tiempos: mientras más datos toquen a nuestra puerta, más necesidad tenemos de confiar en esos patrones, de modo de tratar de simplificar al máximo el manejo de ese verdadero diluvio de información. Sin embargo, cada vez más nos encontramos con una realidad devastadora: y es que dichos patrones frecuentemente no funcionan, lo que nos lleva a cometer cada vez más errores en la predicción del futuro.

¿Qué hacer? Ya lo dijimos, pero hemos de decirlo mil veces más: frente a semejante complejidad, es necesario simplificar en la dirección contraria. Es decir, desmontar los andamios de nuestra manera de pensar, romper los esquemas, soltar las amarras de la imaginación y –tomando ahora en cuenta los consejos de Silver− abrirnos al cambio, detectar nuestros propios sesgos y buscar consensos.

La idea central que queremos expresar aquí tiene que ver con la necesidad de que seamos capaces de considerar la mayor cantidad posible de perspectivas, tener en cuenta todos los puntos de vista que podamos, avizorar los sutiles matices de todas las posturas intelectuales, emocionales e incluso espirituales que se ponen en juego en cada minuto del día, respetando al mismo tiempo −e inclusive atesorando− las opiniones divergentes y las voces discordantes al interior de los equipos de trabajo pues, lo más probable, es que sean estas mismas palabras, que muchas veces no queremos oír, las que nos muestren el camino a través del cual nos sea posible predecir –e incluso prevenir− la temida irrupción de cisnes negros negativos y favorecer la llegada de los positivos.

Así, haciendo una crítica constructiva al experticismo que nos inunda, decimos, tomando prestadas las palabras de Nate Silver: “La historia que los datos nos cuentan es frecuentemente la historia que nos gustaría oír y usualmente nos encargamos de que así sea. Los números no tienen forma de hablar por sí mismos, sino que lo hacen a través de nuestra interpretación”.

De esta manera –lo repetimos una vez más−, es la actitud del cazador la que va a darnos la ventaja decisiva sobre la oleada de datos y sucesos que nos abruma. Será por medio de esta sagacidad, cultivada con esmero, que podremos finalmente cabalgar el tigre del mundo de hoy, nacido de la revolución tecnológica que hace que estén a la vuelta de la esquina la llegada de adelantos y realidades que hace apenas unos años pertenecían al terreno de la ciencia ficción.

Ya no es posible, ni inteligente en modo alguno, abordar la realidad como una especie de escenario gigante donde cada uno ejecuta su propia danza sin tener en cuenta lo que ocurre al otro lado del salón. La naturaleza crecientemente compleja del mundo moderno hace que el efecto mariposa sea una realidad palpable de nuestros tiempos. En efecto, un batir de alas de mariposa en las antípodas tiene el potencial de producir efectos devastadores en el patio trasero de nuestras casas (u organizaciones).

En este sentido, la oración del director de proyectos del siglo XXI ha de incorporar, poco más o menos, estas palabras: …los bytes nuestros de cada día dánoslos hoy, y perdona nuestra ignorancia de los nuevos tiempos (es decir, nuestra experticia), así como nosotros dejamos pasar el mundo frente a nuestros ojos, con toda su complejidad, esperando la ocasión de atrapar al vuelo las oportunidades que nos brinda la marea de acontecimientos de nuestros días, etc.

Finalizamos este artículo citando al gran poeta Virgilio (ver nota), quien en su día señaló: Omnia bonum exertus procurator venator est nigrum cycnis positivum (es decir, “todo buen director de proyectos es un cazador de cisnes negros positivos”).

Nota: Nos referimos, obviamente, al conocido filósofo Virgilio Sutano Mengano, natural de Xanadú, autor de la teoría de los gatos zaparrastrosos.

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