El Poder de la Palabra

Un anciano maestro oriental se encontraba de visita en la casa de una humilde familia recitando una especie de plegaria por la mejoría de un niño gravemente enfermo. Los padres del niño, angustiados, observaban la escena a los pies de la cama esperanzados en que las oraciones del maestro tuvieran efecto positivo en la criatura. ¡Esperaban un milagro! Un poco más allá otro miembro de la familia miraba la escena con recelo. “¡Cuentos de este viejo vendedor de ilusiones! −se decía a sí mismo sin poder ocultar un profundo desdén por el anciano−. Las palabras nada pueden contra las enfermedades del cuerpo…”.

Cuando el maestro curandero finalizó su oración el incrédulo se le acercó y le dijo al oído en tono ofensivo: “Dígales la verdad a los padres. Unas palabras no van a curar a este niño, no los engañe”. El maestro, de improviso, giró sobre sus talones y le contestó con rudeza insultándolo y diciéndole a voz en cuello que no se metiera en el asunto. El maltrato verbal del iracundo anciano sorprendió muchísimo al hombre pues es de público conocimiento que los maestros orientales nunca se alteran. El hombre se sonrojó y paralizó de inmediato, comenzando a resoplar y a sudar profusamente. Entonces el maestro lo miró con amor y le dijo: “Hijo, si unas simples palabras tienen el poder de cambiar la coloración de tu rostro, alterarte y hacerte sudar en abundancia, te pregunto… ¿por qué no pueden tener el poder de curar?”.

Valga este ejemplo para introducir nuestro tema de hoy: el poder de la palabra.

No recuerdo bien quien dijo una vez: “El poder de la palabra mal intencionada tiene la propiedad de herir más profundamente que una espada bien afilada”. Esto es absolutamente cierto en los equipos de proyectos. Imaginemos a una persona que echa veneno en el cauce del río desde donde extrae el agua que bebe y que utiliza para regar sus cultivos, y del cual se abastece la comunidad en que vive. Diríamos que se trata sin duda de un loco de remate (otros dirán, un terrorista). Pero esta clase de conductas se ve con frecuencia en las organizaciones y en los equipos de proyectos. Es lo que ocurre, por ejemplo, cuando hablamos mal de un compañero de trabajo que no se encuentra presente. Con eso envenenamos la cultura organizacional generando desconfianza y desunión en los equipos. El resultado de ello es la desmotivación, el fastidio, la mala disposición de los unos con los otros, etc. En todo colectivo humano ocurren estas cosas, también en las empresas.

Expresiones típicas de estos “terroristas” de las relaciones humanas son: “Yo sabía que no se la podía”, “Fulano no tiene dedos para el piano”, “es un inepto”, o “seguro que Sutana se ganó el puesto acostándose con el jefe”, etc. Para qué seguir. ¿Suena conocido todo esto? Claro que sí. Estamos inmersos en ello todo el tiempo.

¿Qué detona este tipo de conducta? ¿Cuál es la causa psicológica del terrorismo verbal que se da naturalmente en los colectivos humanos? Es simple, el ego. La falta de autoconfianza en nuestras propias capacidades y virtudes nos hace querer destacar sobre el resto pisoteándolos. Punto. Basta imaginarse un grupo de reses intentando atravesar un río caudaloso. Podemos recurrir para estos efectos a la más que conocida imagen de la gran migración de los Ñus sobre el río Mara, en el Serengueti. Vemos cómo ante la terrible amenaza de los cocodrilos los animales se apresuran en atravesar lo más rápido que puedan las aguas turbias pisoteándose unos a otros. Por cierto, en las empresas los “cocodrilos” podrían ser los jefes, siempre dispuestos a sancionar a los elementos poco productivos. Así las cosas, se impone la premura por “llegar al otro lado” (en otras palabras, “hacer la pega”) a cualquier costo, aunque sea pisoteando a los compañeros de trabajo.

Cada vez que nos referimos de manera descalificadora a algún miembro del equipo lo que estamos haciendo es elevar nuestro ego por medio del desprecio a esa persona en particular. Esto nos lleva obviamente a perder la coordinación, pues decimos, por ejemplo, que con Fulano no se puede hacer nada o que no es digno de confianza… mientras que Fulano, que no sabe nada de nuestro comentario y sus secuelas, sigue “haciendo cosas”.

Hablar  a espaldas de las personas genera bandos que se dividen −en la irreductible subjetividad de nuestros juicios− en “buenos” y “malos”. En ese clima la desconfianza se instala en medio del grupo envenenando el clima relacional y generando suspicacias, lealtades divididas, miedo, incertidumbre, hostilidad. Con lo anterior surgen con facilidad los saboteadores que no se sienten identificados con la empresa o se sienten derechamente amenazados, desplazados, mirados en menos, etc. El resultado: la organización se hace más ineficiente, lenta, burocrática, poco operativa. En consecuencia, disminuye la capacidad de respuesta ante la competencia y/o las nuevas realidades del mercado. En suma, todo negro. Es el blackout de las empresas, la bancarrota de la inteligencia, del talento, de la eficiencia individual y colectiva.

Por eso se agradece tanto cuando uno llega a una empresa u organización donde quienes detentan el liderazgo se han hecho cargo de poner coto a estos actos de auto sabotaje que perpetramos los seres humanos con tanta recurrencia.

En PMO2Win siempre damos a conocer un par de reglas generales a este respecto que siempre funcionan (recalcamos esto: SIEMPRE):

  1. La regla de las cartas abiertas: “NADIE PUEDE DECIR NADA DE OTRA PERSONA SI ESA PERSONA NO LO HA ESCUCHADO PRIMERO O NO ESTÁ PRESENTE”. Es increíble el tiempo productivo que se gana y la energía que se ahorra cuando las personas dejan de conversar a espaldas de sus compañeros. Pero si llegase a ocurrir… no diga nada en ese momento. Es necesario recordar que el ego es el motor en esta situación. Si usted le muestra el error inmediatamente al que lo comete es posible que lo niegue y el ego haga explotar su ira. Hay que recordar siempre que el ego de las personas es un terreno peligroso, campo minado. Es necesario dejar pasar algunas horas antes de hacer presente el incidente; en otras palabras, dejar que se aquieten las aguas. De este modo el “infractor” estará más dispuesto a escuchar y cambiar su conducta.
  2. Dar el ejemplo: La “regla de las cartas abiertas” sólo funciona si usted, como líder, da el ejemplo. Obviamente no es algo sencillo de lograr. En el Oriente los maestros yoguis tienen la costumbre de enrollar su lengua dentro de la boca. Así, para hablar, tienen que desenrollarla primero, lo que les da tiempo para pensar lo que van a decir.

Hay que hacer como los yoguis. Hemos de ser “burocráticos” en extremo en nuestro interior con las palabras que vamos a pronunciar. Antes de salir por nuestra boca éstas han de ser “visadas” por el corazón (sentimientos) y el cerebro (inteligencia). Sobre todo en entornos de mucho estrés, las palabras que salen de nuestro interior sin cumplir con este “trámite” elemental suelen tener el poder de una granada de mano.

Usar el don de las palabras para construir y no para destruir en los equipos de proyectos es fundamental para crear entornos laborales positivos. Una actitud “limpia” en este sentido –de fair play en suma− va a optimizar el clima organizacional beneficiando el resultado final del proyecto asegurando con ello el cumplimiento de sus metas. Y, no menos importante, nos va a ayudar a mantener nuestra propia paz interior.

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  1. Guillermo Adolfo Loaiza
    3 noviembre, 2012 en 9:30

    Excelente mensaje, Felicitaciones

  2. 17 noviembre, 2012 en 18:59

    Estuvo genial el comentario completo del poder de la palabra, pero mas aun fue, las reglas de las cartas abiertas y dar el ejemplo, estas dos reglas deberían ser el comportamiento general de un grupo de trabajo, por que inmediatamente esto no se cumple, lo que impera en el medio de trabajo es el chisme, todos los desacuerdos en conceptos o procedimientos deben discutidos en frente de los participantes no en ausencia de ninguno de ellos.

  3. Guillermo Adolfo Loaiza
    18 noviembre, 2012 en 17:33

    Miguel , completamente en acuerdo con usted

  4. Guillermo Adolfo Loaiza
    12 julio, 2016 en 15:46

    Volviendo a leer el articulo , a raíz de un apoyo que necesito , observo nuevamente el trabajo en equipo es crucial la confianza por las palabras emitidas , dan fuerza o quitan fuerza.. Por eso muchos han logrado crecer .
    La palabra es fuerza.

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