El diálogo de los sordos (2da Parte)

La semana pasada nos sentamos como simples espectadores a contemplar –algo horrorizados, por qué no decirlo– la película que por estos días se desarrolla en vivo y en directo en las calles, universidades, colegios y liceos del país. Título de la película: “El Diálogo de los Sordos”. Coprotagonizan este film los estudiantes, carabineros, profesores, padres, apoderados y dirigentes sociales, además de la clase política en pleno (de todas las tendencias) y el gobierno de turno.

Nuestra idea era aplicar algo de lo que enseña la Dirección de Proyectos a este conflicto que se ha desatado en torno a la calidad de la educación chilena. Por supuesto, es relativamente fácil hacerlo desde la butaca de nuestro cine imaginario, pero consideramos que es un ejercicio necesario. Dicho sea de paso, nos pareció que el guión de esta historia fue escrito a medias entre Darth Vader y los Tres Chiflados (se sospecha también del Tony Caluga).

Nuestro diagnóstico fue claro. Toda tragedia o historia –en tanto que trama o narración de sucesos– tiene un detonante. En este caso, dijimos que el detonante es que “las partes no saben –o no quieren– negociar”.

Como expertos en Dirección de Proyectos visualizamos que aquí, al igual que en muchas organizaciones, hay una falencia muy marcada en los negociadores. Y nos preguntamos, en relación a ellos: ¿se visualizan alternativas o flexibilidad en sus posturas? ¿Hay salidas intermedias? La respuesta es, según parece, una sola. NO. Conclusión: NO HAY NEGOCIACIÓN. Sencillo.

La mesa está servida para nuestros guionistas de marras. Ya los vemos relamerse frente a las hojas en blanco dispuestas en sus… máquinas de escribir Underwood (nos permitimos el lujo de la nostalgia).

En definitiva, hay muchas cosas que el negociador debe tener presente en todo momento. En primer lugar, debe tener claramente identificados y descritos sus propios intereses, aspiraciones y alternativas, además de un diagnóstico inicial de la situación que enfrenta. Igualmente, debe hacer lo mismo respecto de su contraparte, que también tiene intereses, aspiraciones y diagnóstico inicial propios.

En segundo lugar, debe aceptar las posiciones de su contraparte como legítimas. No hay más. Sin este requisito previo cualquier negociación parte viciada.

Lamentablemente la mayoría de los negociadores falla al subestimar la enorme importancia de entender a la otra parte. Creer que el otro piensa igual que uno es un error frecuentemente cometido por quienes no tienen experiencia en el “arte de negociar”. Los negociadores ineptos cometen muchísimos errores juzgando equivocadamente lo que creen que quiere la otra parte… especialmente cuando actúan como si esas creencias fueran verdaderas. De modo que es usual que a las personas se les presenten infinidad de dificultades con una negociación. Esto ocurre no porque tengan malas intenciones, sino simplemente porque se dan muchas cosas por sentadas. Realmente no hacemos el duro trabajo que se necesita. En otras palabras: NO PLANIFICAMOS, NO PENSAMOS, SÓLO EJECUTAMOS. Consecuencia: caos, falta de entendimiento, conflicto (miel sobre hojuelas para nuestros hipotéticos guionistas).

Es lo que pasa en los proyectos. Somos hacedores de cosas o actividades, nos volvemos reactivos, simplemente vamos reaccionando ante las situaciones diarias. No destinamos mucho tiempo a planificar, a adelantarnos a las dificultades y conflictos. Ese es uno de los grandes problemas en los proyectos (cualquier proyecto, un proyecto-país, por ejemplo).

Otro de los fiascos más repetidos en esta área tiene que ver con  los recursos prestados. Es usual que asumamos la disponibilidad exclusiva de todos los participantes del equipo de trabajo para un proyecto puntual ignorando el hecho de que la exclusividad es muy poco frecuente. Las personas trabajan en muchas actividades en forma simultánea. La mayoría no tiene entre sus obligaciones concentrarse  únicamente en un proyecto específico. ¿Cuál es la causa habitual de este tipo de problema? No se negoció con el jefe directo (o jefes) de esas personas. No hubo negociación. Se asumió simplemente que las necesidades del proyecto demandaban exclusividad y punto, sin tomar en consideración el resto de las obligaciones de los participantes.

Vemos de reojo la película…

Nos imaginamos un grupo de estudiantes encapuchados tirándole piedras a un piquete de carabineros. De pronto un oficial se aparta del grupo. Avanza contra los jóvenes. Las piedras le rebotan. Los jóvenes se quedan pasmados. Le lanzan una Molotov al oficial, pero éste permanece incólume. Parece que se hace más grande. De pronto se saca el casco y dice: “¡Yo soy tu padre!”.

En fin, c’est la vie simplement

Negociar, negociar, negociar… el arte de negociar

En general, todo esto está asociado al respeto a una promesa que se hizo y que nunca se cumplió. Como muestra un botón: en el Artículo 1 de la Constitución Política de la República de Chile se dice: “Las personas nacen libres e iguales en dignidad y derechos…”, etc. ¡Las pinzas que todos nacemos iguales! Debiera ser así… pero no. A esa clase de promesas nos referimos. De ahí para abajo con las leyes, derechos, regulaciones, normas, etc. En nuestra cultura no respetamos los acuerdos (esto es sólo un juicio nuestro, no pretendemos ser taxativos ni en esto ni en nada de lo que decimos).

Ejemplo típico es cuando los empleados hacen horas extras para cumplir con sus obligaciones. Se esfuerzan al máximo para lograr el resultado esperado, todo a costa de un sacrificio enorme. Pero luego la empresa ignora ese sacrificio adicional y no los premia por el esfuerzo. ¿Dónde estuvo el error? Simplemente en inventarse una retribución respecto de lo que jamás existió un acuerdo o conversación previa. Es decir, no hubo negociación. De esta manera los empleados no deberían molestarse porque no les pagan las horas extras dado que éstas son esfuerzos puntuales y no permanentes. Por lo tanto, si o si, las horas extra DEBEN NEGOCIARSE.

Es importante dejar en claro que al interior de las empresas hay muchas cosas que, por estar escritas, no requieren acuerdos posteriores. Nos referimos a procedimientos, políticas, normas, etc. Estas cosas NO requieren negociación. La negociación se hace en los temas que NO están escritos. Por eso es necesario llegar a algún tipo de acuerdo. En este acuerdo gana la empresa y ganan los empleados. ¿Se entiende?

El emperador no gana nada desvistiéndose. Se morirán todos de frío apenas llegue el invierno…

¿Y dónde está el malo?

Y bien, ¿quién es el “malo” de nuestra película? Veamos. Recordemos el título que le pusimos: “El diálogo de los sordos”. Ya vamos viendo por dónde va la cosa. En nuestra película no hay malo de carne y hueso, el malo es la sordera en sí misma… y, por cierto, también la confusión de roles.

¿Qué hacer?

Paso uno: el “emperador” debe vestirse nuevamente y entender que los estudiantes no son interlocutores válidos en el arte de gobernar. Lo que los valida para convertirse en interlocutores legítimos en las tareas ejecutivas del Estado es terminar sus estudios, prepararse, adquirir conocimientos, experiencia, etc. Se estudia para aprender lo que no se sabe, pues si ya lo saben… ¿para qué estudian? Así, el deber de un estudiante es estudiar, no adelantarse al momento en que efectivamente estará preparado para convertirse en interlocutor válido en el campo que quiera.

¿Lo ponemos más claro? Vamos a conjugar la esencia de los roles de cada uno aquí:

La expresión “los estudiantes estudian” pertenece al mismo Universo que esta otra: “los gobernantes gobiernan”. Por cierto, en este Universo las jirafas jirafean, los elefantes elefantean, los leones leonean, etc. (se nos ocurren un par de ejemplos graciosos que sería muy poco elegante de nuestra parte dejar por escrito en estas líneas). Claramente si las jirafas se ponen a leonear estaríamos en aprietos. Sería el mundo al revés, una especie de Universo paralelo (en realidad, un Universo medio atravesado). Probablemente en ese Universo sea legítimo y normal que estudiantes que aún no han terminado su enseñanza secundaria quieran enseñarles a gobernar a los gobernantes, a legislar a los legisladores, etc. Ya nos imaginamos a los mismos niños queriendo pilotear los aviones en que viajan. ¿Se subiría usted a un vuelo piloteado por un niño enojado que amenazó con quemar el aeropuerto si no lo dejaban pilotear un avión? Tal vez en el Universo del mundo al revés… pero en este… mmmm.

Por cierto, eso no significa que los estudiantes no tengan derecho a opinar. Y el “emperador” –la clase política, el gobierno, los líderes de opinión– tiene la obligación de escuchar y de atender sus demandas. Pero de ahí a sentarse en una mesa de diálogo hay un abismo.

Ahí, precisamente, está el error que da pie al caos social: decir que vas a “dialogar” con aquel que sólo tienes la obligación de escuchar y entender equivale a cavarse la propia tumba. Es la trampa en la que caen los “emperadores” que se sacan la ropa para camuflarse entre las masas.

Pero el mandato popular los obliga –a los “emperadores”– a ejercer sus funciones, a gobernar efectivamente, pues se supone que ellos están capacitados para tomar decisiones que la mayoría de los ciudadanos no están en condiciones de tomar pues no tienen los conocimientos, ni las competencias para hacerlo. Hay mucha información que cotejar en las altas esferas. No se trata de dejarse llevar simplemente por los preconceptos de cada uno. Cada vez que un político hace simplemente “lo que quiere la gente”, incluso contra lo que su razón y su  consciencia le dictan, lo que está haciendo es “desvestirse” para disimular su propia idoneidad, su competencia, haciendo con ello un vergonzoso abandono del deber. Es decir, se disfraza de incompetente para mantener su popularidad. Ninguna empresa contrata gerentes así… ¿por qué los países sí?

Por supuesto, no se trata de desdeñar la capacidad de entender la voluntad popular y plasmarla en formas concretas de organización del Estado –leyes, disposiciones, proyectos concretos que beneficien a todos, no sólo a una parte de los ciudadanos–, sino de dirigir el proceso desde arriba con la visión de conjunto que la información completa les proporciona a los que estratégicamente –y precisamente por “voluntad popular”– se ubican el vértice de la pirámide de mando de una nación. La misión del capitán es dirigir el barco, no entregarle el timón a los marineros.

Es aquí donde entran en juego las “habilidades políticas” de todo buen líder. Hay que ser capaz de captar el alma del clamor popular y dirigir el barco en la dirección correcta. Hay que ser capaz de analizar y comprender el contexto… y proyectarse al futuro. Suele suceder que los ciudadanos comunes y corrientes no tengan la posibilidad de contemplar el panorama completo, lo cual redunda en cierta incapacidad para extrapolar los datos duros de la realidad y proyectar, en el tiempo y en el espacio –es decir, más allá del contexto específico de cada quién–, las consecuencias de obrar de una o de otra manera en las frecuentes encrucijadas de la vida en común. Es por ello que los países necesitan de líderes visionarios, empáticos y capacitados para que el barco no se les hunda en el puerto de las demandas ciudadanas –vengan éstas de donde vengan–, ni tampoco en las aguas turbulentas de las presiones de los grupos de poder interesados en mantener el status quo.

Pero no hay que irse nunca al otro extremo. En las empresas suele elegirse a los Jefes de Proyectos entre los profesionales mejor entrenados en los temas técnicos específicos del quehacer de la empresa, pero con muy poca o escasa habilidad en temas cognitivos, comunicaciones o relacionales. Esta es un frecuente dolor de cabeza en las organizaciones. Se ahorrarían millones de dólares en aspirinas si se tuviera en cuenta este “dato duro” de la realidad de las organizaciones.

La flexibilidad es el secreto. La habilidad de negociación es fundamental tanto para los Jefes de Proyectos como para los Jefes de Estado y la clase política en general. Es un requisito sine qua non del ejercicio del poder y del liderazgo. Así, tal como un Jefe de Proyectos debe saber cómo tratar a los miembros del su equipo de trabajo y a los Gerentes Funcionales, al clientes y a  todos los stakeholders involucrados en su campo de acción, un gobernante ha de saber relacionarse efectivamente con los distintos estamentos que conforman una sociedad y liderar con justicia el barco en que todos navegan.

Paso dos: la prensa ha de entender que su misión es informar, comunicar, ayudar al público a comprender lo que pasa en el país, en el mundo. Es primordial, sobre todo si el tema es la “calidad de la educación”, apelar más a la inteligencia que las emociones de los individuos. El deber de un periodista es informar, no emocionar. Un periodista, un reportero, debe hacer el esfuerzo de mantenerse al margen de la noticia para que sea la gente la que decida en su fuero interno, con los datos que éste le proporciona, qué postura tomar frente a lo que ve, lee o escucha. El compromiso del periodista es con la información, no con una postura determinada.

Por supuesto, en el caso del periodismo de opinión el deber del profesional de la información es poner las cosas en perspectiva, lo que siempre se agradece. Aquí lo que asegura la salud del sistema es la diversidad de opiniones, el pluralismo, la riqueza y altura del debate. Cuando la información fluye así de transparente por los vasos comunicantes de una sociedad –sea al interior de una empresa o en un país– cada quien estará mejor preparado para tomar las decisiones correctas en todo momento: los estudiantes en sus asambleas, la gente en sus casas, los parlamentarios en el Congreso, el gobierno de turno en sus distintas reparticiones, etc.

En general, el tema comunicacional es desdeñado en el entorno de los proyectos. Casi no se considera la importancia de la comunicación efectiva. Esta falencia no cobra real significado sino hasta que se suscitan, justamente, problemas de comunicación. Ya vemos cómo muchas veces estamos más cerca de lo que creemos de parecernos a los tres chiflados…

Lo importante es ser capaz de sacar a los involucrados en el problema de la atmósfera viciada que se deriva de la falta de comunicación. Esto, para que sean capaces de entender al otro, paso previo de toda comunicación. Cada vez que apuntamos con el dedo a otro, éste ha de defenderse. Y es imposible negociar si una de las partes o ambas están a la defensiva.

Paso tres: la sociedad en su conjunto debe entender que en la diversidad está la mayor riqueza de una nación. No todos somos iguales. No todos tenemos que ver la vida de la misma manera. Pero así como defendemos la legitimidad de nuestro modo de ver las cosas, tenemos la obligación de aceptar y defender la legitimidad de la opinión ajena. En este punto es básico aceptar que para resolver las diferencias hay que echar siempre mano a la razón antes que a las emociones. La rabia, la ira, el encono, el ánimo de revancha, no conducen a nada excepto al caos y la violencia. A fin de cuentas, un país es como una empresa, un barco o incluso un cuerpo. La cabeza no puede dejar de ser cabeza. Todos caben, de capitán a paje, en este barco.

Hacer bien las cosas

Un agravante en cualquier situación de conflicto se presenta cuando los interlocutores se multiplican por mil. La diversidad de actores incomunicados entre sí, completamente dispersos en sus opiniones además, ahonda la crisis. Demasiados focos de conflicto hacen imposible apagar el incendio: muchos puntos de vista, intolerancia, irreductibilidad… IMPOSIBLE NEGOCIAR.

En definitiva, para que una negociación sea exitosa ambas partes deben negociar de buena fe buscando el beneficio común. En el ejemplo que hemos elegido –nuestra dichosa película–, una de las partes está tratando de negociar desde una posición irreductible, lo que hace ineficiente todo esfuerzo negociador y pone en peligro la estabilidad del sistema en su conjunto.

Los estudiantes tienen mucho que aprender aquí, especialmente en relación a ciertas habilidades cívicas básicas. En la diversidad está la grandeza. ¿Cómo se los hacemos ver? William Wrigley Jr., el creador de la goma de mascar, decía: ”Cuando dos personas en los negocios están siempre de acuerdo, uno de los dos es innecesario”. Entonces, ¡bienvenida la diversidad! Ojalá todos lo entendieran, no sólo los estudiantes.

La Dirección de Proyectos enseña a hacer las cosas de la manera correcta. En un artículo anterior decíamos que “un buen líder logra convencer a todos los miembros del equipo de la importancia de que los logros grupales han de ser superiores a los resultados de los esfuerzos individuales”. Podemos reemplazar aquí la palabra “equipo” por “actores sociales y políticos”. Ahí está la clave del tema que hemos elegido para esta ocasión. En todos los niveles –empresas, asociaciones gremiales, estudiantes, agrupaciones civiles, entes estatales, etc.– la clave está en el liderazgo y en las buenas prácticas en el ejercicio del rol que a cada quién le corresponde ejercer en el entramado de una sociedad.

La vida en común es un concierto. Por eso sucede lo que sucede hoy en día en el país. Cada vez que uno o más intérpretes intentan sonar más fuerte que el resto, la melodía se convierte en simple estridencia, en ruido, en gritos, destemplanza… caos.

Esperamos sinceramente que el final de este filme lo escriban las personas idóneas y valientes que la situación requiere. Por nuestra parte tenemos claro, como meros espectadores, que la idoneidad en este sentido representa nada más y nada menos que el cumplimiento de las responsabilidades de todo liderazgo. Necesitamos líderes que identifiquen dónde está realmente el problema de la educación chilena. A fin de cuentas, un buen líder es siempre un visionario. No se trata simplemente de transformar la educación en un saco sin fondo de recursos públicos. Se podrán multiplicar por mil los fondos destinados a este ítem en el presupuesto nacional, pero mientras nuestros líderes no sean capaces de identificar la médula del problema, será dinero tirado a la basura.

Una teoría

Ahora nos permitimos esbozar una teoría. No es que nos creamos dueños de la verdad, pero el sentido común nos dice que una real mejora del nivel educacional de nuestros estudiantes pasa, más que en la multiplicación de los recursos materiales, por asignarle valor al conocimiento. Simple. El problema de los estudiantes –y de la sociedad chilena en general– es el poco valor que se le asigna al conocimiento en sí. Es así de sencillo.

Un niño “enamorado” de la ciencia aprenderá más ciencia jugando en el patio de su casa que un estudiante ignorante orgulloso de su ignorancia al que le hayamos regalado un notebook, conexión a internet, libros, etc. Pongan a un chimpancé en medio de una biblioteca y verán qué pasa. En cambio, imagínense al niño Leonardo da Vinci con una sencilla lupa en sus manos… ¿Se entiende?

No se trata de dinero. La solución no pasa sólo por el dinero. Esa es una falacia largamente mantenida. La Dirección de Proyectos enseña que a veces la solución a los problemas más complejos es mucho más simple de lo que nos parece en un principio. Es sólo que para llegar a verlo hay que despojarse de prejuicios largamente cultivados.

No necesitamos gastar miles de millones de dólares en equipamiento y tecnología para “encantar” a los estudiantes con el conocimiento.

No necesitamos inventar más entes fiscalizadores para hacer que los profesores hagan bien su trabajo. Hay expertos en llenar planillas y entregar planificaciones que no logran transmitir a sus alumnos un ápice de amor por las materias que enseñan. Se necesita mística aquí, amor por enseñar, amor por lo que se enseña… ¿Cómo puede medir el amor por las materias una Superintendencia de Educación? El celo inquisitorial no logrará nunca transformar la incompetencia de algunos en verdadera vocación. Es más, sabemos de casos de profesores enamorados de su profesión que sienten cómo la excesiva y creciente carga burocrática de sus obligaciones desangra su genuina vocación por la enseñanza.

Ejercicio

Ahora, para finalizar, le proponemos un último ejercicio: supóngase usted que tiene un hijo, un hijo pequeño, el cual usted quisiera que se transformara en músico. Lo único que usted quiere es que su hijo sea un músico destacado, un músico clásico, un pianista por ejemplo, como Claudio Arrau o Claudio Bravo.

Ahora suponga usted que se le aparece un genio o un hada milagrosa que le ofrece cumplir un deseo, sólo uno. ¿Qué le pediría? ¿Cuál sería su deseo? ¿Pediría un piano Steinway para el niño? ¿O pediría mejor que surja en su alma el amor por la música…?

Epílogo

Para terminar, permítanos, querido lector, expresar nuestro cansancio con la película. No nos gustó. Así que sin esperar que termine nos levantamos de nuestra butaca y nos dirigimos afuera cansados del griterío, de la violencia, de las descalificaciones mutuas y del absurdo conceptual en que incurren esos encapuchados que para exigir una mejor infraestructura para sus establecimientos destrozan la infraestructura existente, o de la irracionalidad extrema de los que tirando piedras, destruyendo semáforos, paraderos y buses o saqueando el comercio demandan a gritos recibir una educación de calidad… Ufff. Es demasiado. Nos vamos mejor.

Pero antes, muchachos, padres y apoderados, “emperadores”, ciudadanos todos… permítannos citar una frase de Albert Einstein, ese ilustre desconocido para muchos de los que añoran una mejor enseñanza. Lo citamos aquí para ver si en algo influimos en el desenlace de esta historia (somos optimistas).

Einstein: “Si buscas resultados distintos, no hagas siempre lo mismo…”.

Ahora sí: THE END (Vea la siguiente temporada)

Anuncios
  1. Aún no hay comentarios.
  1. No trackbacks yet.

Nos encantaria que comentes, gracias

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: