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El diálogo de los sordos (Parte 1)

Esta semana tenemos ganas de meternos en las patas de los caballos. Lo hacemos para demostrar hasta dónde puede llegar la Dirección de Proyectos. Contrariamente a lo que piensa la mayoría de la gente, el campo de aplicación de los principios de esta disciplina se extiende mucho más allá del ámbito empresarial y de los negocios. De hecho, hemos dicho en más de una ocasión que sin una visión global de lo que se quiere, sin tener claros los objetivos y sin saber cómo conseguir que las imágenes mentales e ideas que devienen en proyectos se materialicen en la realidad concreta, los seres humanos no hubiesen podido jamás construir la muralla china, ni levantar las pirámides, ni llegar a la Luna, sólo por citar algunos ejemplos de grandes empresas emprendidas alguna vez por la humanidad.

Pero vamos a lo nuestro… las patas de los caballos. Imaginemos, en primer lugar, una película. Comenzaremos con la escenificación y el reparto.

Escenario: CHILE.

Tiempo: presente.

Tema: las movilizaciones estudiantiles, las tomas de establecimientos, las marchas y protestas, etc.

Actores: el gobierno, los estudiantes, la oposición, la prensa, los profesores, los padres y apoderados… resumiendo, ciudadanos todos.

TÍTULO DE LA PELÍCULA: “El diálogo de los sordos”

¿Ahora queda claro lo de las patas de los caballos?

Este artículo no es político. No nos interesa la política, salvo como fenómeno de estudio. En este sentido, definimos aquí el concepto “política” como el arte de administrar o manejar los asuntos públicos. Punto. Desde esta perspectiva, no nos incumbe el componente ideológico de la política. Todos son “buenos” aquí.

¿Y quién es el malo? Ya vamos a ver…

Los hechos

Recordemos que las actuales movilizaciones de los estudiantes representan la continuidad del movimiento estudiantil que vio la luz con la llamada “revolución pingüina” del año 2006. A partir de ahí la lucha de los estudiantes, y de otros sectores sociales envalentonados por el ejemplo de los “pingüinos”, prácticamente no ha cesado. La arenga que resume prácticamente todos los requerimientos juveniles, con amplia base de apoyo popular, es la “mejora de la educación chilena”, la cual pasa, según postulan sus líderes, por el fin del lucro y por un fortalecimiento del rol del Estado, entre otras medidas resumidas en un amplio pliego de peticiones que incluye la gratuidad en todos los niveles para los sectores más vulnerables, una mayor igualdad de acceso, incremento del gasto, subsidios al pase escolar, etc.

El Estado chileno, representado por dos gobiernos sucesivos de distinto color político lleva –bajo la misma premisa de “mejorar de la educación chilena”– prácticamente seis años negociando con ellos, estableciendo mesas de trabajo, convocando comisiones de expertos, derogando y promulgando leyes, cediendo a buen número de las exigencias planteadas por los estudiantes y metiendo la mano cada vez más adentro del amplio bolsillo del erario público para contentarlos. El resultado: los estudiantes siguen en la calle ofuscados, culpando a la clase política de desoír sus demandas, de hacerse los sordos, de reprimirlos, de coartar su libertad de expresión, etc.

Frente a esta situación aparentemente sin salida, la clase política permanece perpleja y sumida en el más absoluto desconcierto. Dependiendo de qué lado estén en cada momento del conflicto –a los dos principales bloques políticos del país les ha tocado ser alternativamente gobierno y oposición aquí– los dirigentes políticos chilenos esgrimen argumentos confusos. Por un lado solidarizan con los estudiantes y la “ciudadanía”, entienden el clamor popular y dicen perseguir los mismos objetivos, pero, por otro, condenan los métodos, repudian la forma, etc. No obstante, negocian. Y una vez que han cedido y constatan, desconcertados, que la contraparte mantiene pese a todo el pie de guerra, vuelven a negociar, vuelven a prometer, vuelven a ceder. Y nada cambia. Las movilizaciones continúan, continúan las tomas, las marchas no autorizadas –con el vandalismo asociado–, etc.

La prensa, a su vez, dedica buena parte de sus espacios a reportear el tema, pero no informa, no comunica, no expone la médula del asunto. Uno ve la televisión, escucha la radio y lee los diarios y tiene la sensación de haber entrado en una especie de dimensión desconocida: todos están de acuerdo en el diagnóstico, pero nunca se explicitan los argumentos más allá de los slogans consabidos. Todos quieren lo mismo, pero siguen enfrascados en la lucha culpando al otro por no conseguirlo. Buena parte de los que apoyan a los estudiantes movilizados no tiene idea de qué es lo que en realidad están pidiendo. Y queda claro que muchos reporteros y comentaristas tampoco dan pie con bola en el asunto. Por ello simplemente se limitan a ponerle el micrófono a los estudiantes, los cuales están siempre enojados con la autoridad y frustrados por no ser escuchados. Por supuesto, vienen a la memoria las frases hechas de sus líderes demandando a voz en cuello el cese de la represión, además del fin del lucro, el fin de la municipalización, una mayor igualdad de oportunidades, justicia social y esas cosas (justas todas ellas por cierto)… pero es claro que ni ellos mismos saben cómo lograrlo. Queda la sensación que simplemente están enojados. No es seguro, de hecho, que todos ellos entiendan qué cosa es en verdad “el lucro” y por qué es tan malo. Algunos entre ellos más bien parecen niños jugando a ser famosos. De hecho, cada año más de alguno(a) ha alcanzado rango de estrella de rock. Así las cosas, la prensa, cuya misión es informar, no ha hecho más que farandulizar el conflicto, aportando con ello su grano de arena en el estado de confusión colectiva.

Negociar asertivamente

¿Qué ha fallado aquí después de tantas conversaciones, de tantos alegatos, de tantos argumentos soltados a los cuatro vientos? La respuesta, por paradojal que resulte, es simple: NEGOCIAR. Las partes no saben –o no quieren– negociar. Así de sencillo.

Imaginándonos como simples espectadores de esta “película” no podemos evitar pensar que un tema fundamental de la Dirección de Proyectos y de los procesos de negociación eficientes son los conceptos base. Como quién dice, antes de sentarnos siquiera a conversar… ¿estamos seguros de que todos entendemos lo mismo cuando pronunciamos las mismas palabras? ¿Los conceptos y criterios están estandarizados? ¿Los protagonistas entienden a su contraparte? ¿Hablan el mismo idioma? ¿Las partes conocen y respetan los intereses del interlocutor…?

¿Se entiende? Es que sin respeto por el otro no hay diálogo. Hay algo que en la Dirección de Proyectos tenemos meridianamente claro: a la hora de planificar o de negociar hay ciertas definiciones básicas que todos deben entender de igual manera. De lo contrario resulta imposible establecer comunicación alguna. Así, en las organizaciones se habla de los objetivos y el alcance de los proyectos, las EDT, la Matriz de Responsabilidad, etc. Nadie se sienta a planificar, evaluar o negociar sin este manejo elemental de los conceptos base a partir de los cuales se elabora y ejecuta el proyecto en sí.

Toda negociación requiere de un proceso transparente y bien definido. Pero antes de negociar, ¿se entiende cuál es el objetivo que se quiere alcanzar? Obviamente, éste tiene que ser específico, claro, concreto. No hay lugar a ambigüedades en este punto. No se puede negociar al bulto (el bulto es siempre subjetivo, arbitrario, antojadizo). ¿Cuál es el piso mínimo que se puede aceptar? ¿Cuándo me retiro…? Etc. Salta a la vista que en esta “película” no hay mínimo. Es todo o nada. Difícil negociar así.

Por regla general en el mundo empresarial se asocia la negociación con ciertos temas específicos, como por ejemplo, los puntos de un contrato o el tira y afloja en el arreglo de las condiciones laborales, vacaciones, horas extra, bonificaciones, etc. En política la cosa puede ser un poco más complicada; pero en suma, una negociación representa siempre el acuerdo entre dos o más partes considerando los intereses o necesidades mutuas que se ponen en la mesa de conversación.

Así, en cualquier circunstancia hemos de tener siempre especial cuidado en identificar el concepto mismo de una negociación con el afán de “sacar la mejor tajada” o “llevarse la mejor parte”. La negociación es una relación que se refleja en la fórmula ganar-ganar. De lo contrario, de haber parte ganadora y parte perdedora se entiende que no hubo negociación sino una mera imposición.

Decimos esto pues suele suceder con mucha frecuencia que cuando hay parte perdedora en una negociación, cualquiera sea su naturaleza, el resultado del proceso no es nunca el punto final del conflicto. Todo lo más que se obtiene es una postergación del mismo, que permanecerá latente por cierta cantidad de tiempo hasta que algo externo lo active. El problema es que luego de esa re-activación al conflicto original se le suma un nuevo ingrediente: el rencor o ánimo de revancha de la parte que se sintió perdedora en la primera “negociación”. Eso hará, por supuesto, la segunda negociación aún más difícil que la primera… ni qué decir la tercera o la cuarta. La “sangre en el ojo” suele ser un estorbo demasiado grande en cualquier mesa de negociación. Equivale a sembrar minas en el camino que ambas partes han de pavimentar en busca de un nuevo arreglo.

El resultado de una buena negociación es siempre un acuerdo en que ambas partes se sienten ganadoras o, cuando menos, un concordato con el que ninguno se sienta perdedor. Esa es una premisa básica de toda negociación. Por eso se dice que “negociar es un arte”. En este sentido, basta con ver los noticieros de televisión o leer los diarios para constatar que los que pintan el cuadro del acontecer nacional tienen muy poca sensibilidad artística.

Llegar a un acuerdo y tomar una decisión (paso final de toda negociación) es la culminación de un proceso de análisis serio y reflexivo donde la premisa básica es el respeto de todos los puntos de vista e intereses de las partes. Se trata de alcanzar a la larga un punto distinto, nuevo, diferente de los planteamientos iniciales. Es decir, si una de las partes tiene una posición A y la otra una posición B, la negociación ha de lograr una nueva posición, que llamaremos C. De lograrse A o B sería una imposición.

Esta idea se resume en la siguiente fórmula:

Negociación → A + B = C

Imposición → A + B = A / A + B = B

No hay más. Así queda claro cuál es el problema en Chile. El movimiento estudiantil (digamos, la posición A) no quiere negociar. Es más, ni siquiera se trata de tan sólo imponer su visión “A” por sobre una eventual posición “B” –la del gobierno de turno–, como ha quedado demostrado cada vez que el ejecutivo –el actual o el anterior– ha acogido sus demandas… pues entonces se inventan otras nuevas.

Entonces uno puede concluir, como observador externo, que la posición “A” de los estudiantes tiene menos que ver con las demandas que explicitan que con la rabia difusa que les produce el mundo que han de heredar de los adultos. Y, ciertamente, no les falta razón. Es cosa de echar una mirada por el ancho mundo para constatar lo mal que están las cosas en muchos aspectos de la vida: las desigualdades, los abusos de poder, la destrucción de la naturaleza, las guerras, la corrupción, etc. Los propios adultos no les facilitan a los jóvenes una mirada optimista y positiva de su entorno. Entre otras cosas, se les ha enseñado desde niños que “la vida es una selva”.

De modo que “A” es la rabia de los estudiantes, la rabia adolescente contra el mundo. Punto. ¡No hay interlocutor! ¡No se puede negociar! No obstante, “B” negocia. No es extraño que no logre apagar el incendio. ¡Ni siquiera disfrazándose de “A” lo logra! Esto, pues los estudiantes en realidad no quieren negociar.

Es que para calmar a “A”, “B” debe dejar de ser “B”. De hecho, los estudiantes, como movimiento o actor político, ni siquiera aspiran a ser gobierno en un futuro. No se están preparando para ejercer las responsabilidades del ejercicio del poder, por más que a algunos el movimiento les haya servido como plataforma al interior de sus partidos. No se trata de eso. No se trata de querer co-gobernar, lo que queda demostrado cuando, cada vez que una fracción del movimiento estudiantil llega a acuerdo con la autoridad, las bases los desautorizan… y vuelta a empezar. Lo que quiere “el movimiento” es que no haya gobierno en absoluto pues lo que tienen es rabia contra “el sistema”, rabia contra la autoridad, contra toda autoridad. Es nihilismo puro, pura negación. Y esa rabia contra la autoridad es la herencia de sus padres, que todavía no perdonan a sus adversarios políticos de antaño (de lado y lado). Aquí tendríamos que parafrasear a Neruda –aunque reinterpretándolo y acomodando un poco las palabras– para decir: “Nosotros, los de entonces… ¡seguimos siendo los mismos!”. Y aquí ya estamos en medio de las patas de los caballos, ya ven por qué lo decíamos al principio.

Ahora, si los estudiantes no quieren negociar… ¿por qué negocia la autoridad? ¿Qué está fallando aquí?

Por nuestra parte, nos revolvemos incómodos en nuestra butaca. La Dirección de Proyectos nos sale por los poros:

¿Entendemos la forma en que cada una de las partes se comunica? ¿Conocemos la cultura o realidad de cada uno de ellos?

Vuelta a la película. La autoridad dice: “lo vamos a analizar”, y para adentro piensa, sabe, que no hay negociación posible: “Cabros de… (BEEEEEEEP)”. En la vereda del frente los estudiantes dicen, gritan: “no estamos ni ahí con ustedes, viejos… (BEEEEEEEEEP)”.

En Dirección de Proyectos sabemos que en todo proceso de negociación el lenguaje, la forma en que usamos las palabras e incluso los gestos, son muy importantes. Debemos conocer a fondo la cultura, el modelo comunicacional y los intereses de quién tenemos al frente…. y respetarlo.

Suele suceder, no sólo en política, que nos cuesta demasiado ponernos en el lugar del otro. El problema es que si no somos empáticos, no generamos empatía. Por otro lado, hay que tener claro que empatía no significa decir siempre que sí.

La falta de liderazgo

Lo dicho describe lo que pasa cuando los líderes políticos, cuya misión es administrar los asuntos públicos, se encuentran más preocupados de ser populares que de gobernar.

Y aquí nos vamos haciendo un panorama más completo. ¿Se imagina usted una compañía –la llamaremos “Empresa X”– manejada por gerentes que sólo aspiran a ser populares entre sus empleados y clientes, incluso por sobre los productos y/o servicios que ésta proporciona a la comunidad? ¿Y se imagina, poniendo el caso de la misma organización, a los empleados y clientes de “X” preocupados única y exclusivamente de hacerles la vida imposible a los mismos gerentes? ¿Qué ocurriría en este caso con el cumplimiento de la misión de la empresa, con los objetivos por los que se constituyó como tal, con la planificación, con la producción, con los procesos de gestión, etc.? ¿Qué pasa en esta situación con el liderazgo…?

¿Y qué tal si se considera que un país es una empresa cuya misión es que cada uno de sus habitantes –o cuando menos una buena parte de ellos– alcance niveles mínimos de protección, de bienestar, de realización personal, de felicidad en suma? ¿Qué ocurre con el liderazgo en una situación como la descrita?

La respuesta a esta interrogante también es sencilla. Tenemos aquí el cuento del emperador, pero al revés. Todos van desnudos, o por lo menos la mayoría… y el emperador se desnuda para no desentonar con sus súbditos. Es que cree que si éstos no lo reconocen como uno de los suyos le quitarán el apoyo. Cree que para mantener el control del reino hay que… renunciar a gobernar. Ya no se trata de hacer lo debido según los planes que nos hemos trazado con toda la seriedad del mundo para conseguir que los habitantes del reino alcancen, de hecho, esos niveles mínimos de protección, de bienestar, de realización personal y de felicidad a que aspiramos. En realidad ahora se trata de hacer lo que “la gente quiere”. ¿Se entiende?

El problema que se suscita en este punto es que la gente nunca tiene toda la información. Y nosotros ya sabemos que las decisiones correctas se toman sólo cuando se dispone de la información correcta, cuando se maneja todo el panorama de los distintos escenarios en que se desenvuelve la vida en común (da lo mismo si es una empresa o todo un pueblo, un país, una nación). El emperador se equivoca cuando confunde las legítimas aspiraciones de la gente con el “mandato popular”. Dicho mandato, en realidad, entraña la responsabilidad de ejercer la autoridad en representación –no en obediencia– de los gobernados.

Los políticos que “gobiernan” fijándose más en las encuestas y en el rating que en los intereses del país como un todo se están despojando de sus responsabilidades, tal como el emperador de nuestro cuento se despoja de sus ropas para estar a la par de sus súbditos desvestidos.

(Ya sentimos como los caballos nos pisotean…)

¿Cómo salir del lío? Y aquí nos referimos al lío del “emperador”, no al nuestro por habernos metido en este tema. Es decir, el lío de la clase política, el de la clase gobernante, de todos los colores y tendencias.

¿Cómo salir del lío…? Con liderazgo, con visión de futuro, con responsabilidad. El “emperador” debe enseñarle a sus súbditos de qué se trata “estar vestido”. Un presidente chileno decía “gobernar es educar” (¿cuántos estudiantes movilizados sabrán que hablamos de don Pedro Aguirre Cerda?). De eso se trata el asunto. Populares o no populares, los líderes se destacan por su capacidad de transmitir una visión a su pueblo. Un gerente que no sea capaz de explicarles a sus subalternos la razón de ser de la empresa y comprometerlos, contagiarlos de entusiasmo, no es un buen gerente.

La Dirección de Proyectos ayuda a poner las cosas en su lugar en todo proyecto, sea del tamaño que sea. Uno no negocia con una pared: los jueces no negocian con los delincuentes las condenas; un surfista no negocia con las olas… se desliza sobre ellas y dirige la tabla hacia la playa.

En fin. En la próxima entrega seguiremos surfeando esta película. De hecho, hemos de identificar al “malo”. No hay película que se respete que funcione sin un “malo”. ¿Quién (o qué) es el malo de la película aquí?

Si quiere saberlo, sintonícenos la próxima semana, a la misma hora, en el mismo canal…

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  1. transporteslagos
    2 octubre, 2012 en 9:39

    Un proyecto que podría haber estado en pleno desarrollo a la fecha , aún está estancado por no saber negociar.
    Esperare la segunda parte.

  2. Orlando López
    2 octubre, 2012 en 12:05

    Buen artículo mirado desde un punto de vista más técnico, que aplica generalmente a todo ámbito.
    Gracias

  3. Osvaldo.
    30 diciembre, 2012 en 14:34

    Claro, en términos puros es un proyecto, pero no hay que confundir este “Negocio de poder”, con un proyecto, cuyo resultado es un producto o servicio muy acotado y que satisface a un mercado o una parte de este.

    Tuve la fortuna de estudiar en escuelas y un liceo público, en donde había un ritmo educativo claro, objetivo y oportuno; en donde los profesores eran Normalistas, universitarios en fase final de sus respectivas carreras y docentes profesionales, toda esta mezcla al menos te abría la mente a distintas visiones en cada materia, cada uno de ellos daba lo mejor de si y tu eras una persona en formación que al menos tenía que aprender algo de la asignatura.

    Actualmente, con suerte los “docentes universitarios”, conocen su entorno o ámbito de acción, están limitados por un programa educativo generado por el sostenedor del lugar en donde “Van a trabajar” para ganar parte de su sueldo y poder pagar sus deudas y sólo hacen un relato de lo que “tendrían que aprender los niños” y delegan toda la pega a los padres, que también vienen del mismo sistema y se recuerdan con odio del viejo o vieja de tal o cual ramo que los hacía repetir si no iban a rogarle la décima o centésima para no ser un repitente que se perderá la fiesta de fin de año del curso.

    ¿Desde cuándo un 3,80 ó 3,95 es un 4.00?

    Aún recuerdo cuando estaba en octavo básico y había compañeros que se preparaban para el examen que iban a rendir en la escuela Industrial de electricidad, electrónica o construcción o a las compañeras que querían ser parvularias y que también esperaban tener la Licencia de Educación Básica, para que en 5 años más ingresaran directamente al mundo laboral, con una remuneración decente, creían en lo que pregona la educación Técnico Profesional, porque sus carreras no eran oficios, sino profesiones. Hoy es todo lo contrario, es uno más del montón a quién hay que enseñarle cuando va a “hacer la práctica profesional”, gratuita, para el Empleador que le hace la paleteada.

    Todo ello cambió abrúptamente entre 1980 y 1983, en donde se implantó el proyecto de educación municipalizada y en los 90 cuando se fomentó la educación con financiamiento compartido, que lo único que espera es que alguien pague, aquí es donde nace el lucro, sin exagerar las escuelas se han convertido en guarderías de niños, en donde por una módica suma se les “enseña algo o muy poco” y se evita que anden en las calles.

    Los señores políticos no quieren soltar el negocio en donde su parentela, sus mecenas o auspiciadores o ellos mismos ganan, mientras forman más ignorantes y personas frustradas, llenas de rabia y limitaciones y que no pueden aspirar a la famosa “movilidad social”, que lo único de social que tiene es que puedes conseguirte esta u otra tarjetita o crédito para pagar algo que fue gratis hasta hace un poco más de 30 años y por fin dejar una persona del grupo E o D para ser un C o C1 con deudas de otro tipo.

    No hay que olvidar que el derecho a pataleo es un derecho inhalienable, lo bueno es que por fin se está haciendo, esperemos que los señores de “B” dejen de seguir imponiendo su postura y sean más creativos y entiendan que el lenguaje de “A” ellos mismos lo engendraron; actúen en consecuencia y den el ejemplo de una vez por todas y así este “ganar-ganar” sea una realidad tangible.

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