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El águila que se creía pollo.

Un cuento muy conocido de Anthony de Mello narra la historia de un águila que se pasó toda su vida creyendo que era un pollo luego de que un granjero robara su huevo de un nido vacío y lo hiciera empollar por una de sus gallinas. Sin embargo, como mucha gente en nuestro mundo, el aguilucho tuvo una oportunidad de redimirse, la cual desaprovechó por desoír la voz de su corazón. Ocurrió en cierta ocasión en que le tocó contemplar en lo alto el vuelo majestuoso de un águila de verdad. Extasiado por la visión el aguilucho le preguntó a uno de sus hermanos pollos: “¿Qué animal es ese?”. “El ave entre las aves, el rey de los cielos: un águila”, respondió este. El aguilucho miró el cielo con ánimo sombrío y exclamó: ”¡Cómo me gustaría poder volar como lo hace ese pájaro…!”. La respuesta de su hermano fue perentoria: “Nosotros no podemos volar. No somos águilas, somos simples pollos”.

El “pecado” del aguilucho –por el que tuvo que pagar el precio más alto de todos: perderse a sí mismo– no es distinto al que cometemos a diario los seres humanos: confundir el comportamiento con la identidad. La forma de comportarnos lo aprendemos interactuando con el entorno, la identidad es algo mucho más profundo.

La moraleja de esta fábula tiene mucho que ver con nuestros temas.

Entre paréntesis, suele darse que las organizaciones estén llenas de águilas que se creen pollos y viceversa. Entre otras cosas, es terrible para una organización cuando los gerentes y altos mandos son simples pollos. Pero esa es otra cosa…

El caso es que por lo general juzgamos a los demás por su apariencia o pretendida “naturaleza” intrínseca. Sin embargo, para medirnos a nosotros mismos usamos una vara completamente distinta: nos juzgamos por las circunstancias. Así, en caso que nos identifiquemos con el aguilucho del cuento, el ser nacido y criado como ave de corral en una granja exculpa al pobre animal de su horrible destino: a fin de cuentas –nos sentiremos inclinados a pensar– la culpa es del granjero, de los otros pollos, etc. En caso contrario, si el “aguilucho” es un tercero, vendrán a nuestra cabeza calificativos como cobarde, ciego, inconsciente u otros por el estilo ¿Se entiende? Si somos nosotros, hay excusas, si no… ¡CATAPÚN!, hay juicio, severidad, condena. Es un hecho: juzgamos a los demás según su pretendida naturaleza y a nosotros mismos según las circunstancias.

La teoría de la atribución

Se trata de una distorsión fundamental de nuestra mente que se llama error de atribución. Éste error consiste en la tendencia a juzgar el comportamiento propio y ajeno de manera distinta valorando de manera asimétrica los factores que inciden en su materialización. Para hacerlo los seres humanos nos basamos en la personalidad y los rasgos de carácter o en el contexto situacional, según convenga a quien emite el juicio.

Por ejemplo, solemos pensar que las personas que están a nuestro alrededor actúan de una determinada manera a causa de su propia naturaleza. No pueden actuar de otro modo, nos decimos, como si su conducta tuviera que ver directamente con su esencia o identidad profunda. Por el contrario, respecto de nosotros mismos, nos sentimos irremisiblemente inclinados a tomar en consideración los factores contingentes, desligando nuestro actuar de nuestro carácter y nuestra personalidad e incluso de la propia voluntad. Generalmente justificamos nuestro comportamiento basándonos en las circunstancias externas en lugar de adjudicarlo a una predisposición de carácter o tendencia natural. Expresiones típicas de esta predisposición a la auto indulgencia son: “si fuera por mí, no actuaría de este modo…”, o “por más que me pese, tengo que…”, o “las circunstancias me obligaron a…”, etc.

Es más sencillo cuando observamos a los demás desde la irreductible torre de control de nuestros prejuicios. Desde ahí todas las conductas nos parecen resultado del talante y modo de ser de las personas. Si un automovilista se atraviesa en nuestra pista sin poner el intermitente pensamos inmediatamente que es un prepotente, un desconsiderado, un matón al volante que simplemente nos pasó a llevar de forma premeditada. Ni qué decir si quien conduce es una mujer, ahí surgen con fuerza los prejuicios que todos conocemos tan bien. Por regla general nos sentimos inclinados a tocar la bocina, insultar, gestualizar, etc. Más de alguno se bajará del auto en el siguiente semáforo y llevará el enojo al extremo de la agresión. Pero si por ventura hemos sido nosotros los que nos atravesamos en la pista de alguien más y nos lo hacen ver tendremos a la mano toda una batería de explicaciones relacionadas con las circunstancias externas: que estamos cansados, que veníamos preocupados por algún asunto que nos carcome por dentro, que no nos dimos cuenta… en fin, no faltarán excusas para apelar a nuestra inocencia. La culpa la tiene el trabajo, las preocupaciones, la vida misma, la pareja, los hijos, las cuentas por pagar. Sobrará a qué echar mano en el arte de exculparnos a nosotros mismos cuando cometemos las mismas faltas por las que inculpamos tan fácilmente a los demás.

Un mismo hecho –pasar a llevar a otro en la calle, en el metro, en el ascensor– cometido por un tercero se explica por su índole interna, su naturaleza, su modo de ser. Cometido por nosotros, en cambio, se explica por el contexto, el escenario, las circunstancias externas. Los demás tienen siempre la culpa; nosotros, por el contrario, somos víctimas de las circunstancias. Incluso cuando actuamos mal a sabiendas adjudicamos la responsabilidad de nuestros actos a fuerzas sociales y materiales que están muy por encima de nosotros y sobre las que supuestamente no tenemos poder de decisión. Las leyes del mercado, por ejemplo, las “reglas del juego”, la “ley de la selva”, etc. ¿Está claro, verdad? Revise su vida y analice con cuánta frecuencia somos despiadados con los demás y benevolentes con nosotros mismos.

Lo peor es que en muchos casos, cuando se trata de explicar el éxito, la cosa cambia diametralmente. En este caso es frecuente que las personas atribuyan sus propios éxitos a factores internos. Aquí sí que cuenta la propia naturaleza, el mérito propio, el carácter, el sello individual. Y todo bien, no hay problema con ello. El factor de distorsión se presenta cuando, para explicar el éxito ajeno, se recurre a otro tipo de variables, todas externas por supuesto, como la suerte, la ayuda de otros, la amistad o el aprecio del jefe, etc.

Todo esto se da mucho en los ambientes laborales, ni qué decir en los equipos de proyectos. De hecho, nos sentimos casi irremediablemente inclinados a exigir de forma implacable el cumplimiento de los plazos y metas en los demás. Los nuestros son otra cosa: ahí valen las excusas, las explicaciones, las disculpas. En lo que a nosotros concierne, el incumplimiento de plazos y tareas puede explicarse sin problemas por la concurrencia de circunstancias extraordinarias. La vara con que medimos el trabajo ajeno es harina de otro costal. Solemos exigirles sin apelación a compañeros de trabajo, subordinados, contratistas y proveedores el cumplimiento cabal de las fechas y plazos de entrega acordados. Después de todo, lo dicho es ley: ¡está escrito! Nosotros nos podemos equivocar, ellos no.

Un caso histórico

Uno de los casos más llamativos de estimación equivocada de los tiempos o plazos de entrega de un trabajo implicó al célebre matemático y astrónomo alemán Johannes Kepler, conocido por su aporte en relación al movimiento de los planetas. Cuenta la historia que a comienzos del siglo XVII, sirviendo Kepler como matemático imperial en la corte del emperador Rodolfo II, heredó de su predecesor, Tycho Brahe, una impresionante cantidad de observaciones planetarias pre-telescópicas de altísima precisión. En la ocasión el entusiasmado científico declaró con cierta dosis de arrogancia que estaba en condiciones de resolver la cuestión de la órbita de Marte en tan sólo trece días. Pero no le fue tan fácil cumplir con lo prometido y en realidad se tardó varios años en resolver el peliagudo problema. Para hacerlo tuvo que vencer primero sus prejuicios religiosos que le impedían pensar que Dios no hubiera dispuesto que los planetas describieran en el espacio trayectorias basadas en figuras geométricas simples, en este caso círculos. Le costó miles de horas de observaciones y complicados cálculos descartar los círculos para descender a la categoría inferior de los óvalos… y otras miles más para finalmente decantar hacia las humildes elipses, a las que calificó de “carreta de estiércol”. Pero fue esta “carreta de estiércol” precisamente la que le permitió desentrañar el misterio de las órbitas de los planetas y formular sus célebres tres leyes, publicadas finalmente en 1609.

En el caso de Kepler, el error de estimación en el plazo de entrega se le puede atribuir, cómo no, a Dios. Después de todo –habrá pensado el genial astrónomo–, ¿por qué elegir las elipses habiendo círculos…? ¿Cuál es el afán de complicar las cosas?

Moraleja

En síntesis, estas son situaciones que nos acontecen a todos. Ocurren en todos los proyectos: el culpar a los demás y el justificarnos a nosotros mismos con factores externos es una especie de “pecado” universal. Pasa en todos lados. Al parecer está en la médula misma de la “naturaleza” humana. Para vencer esta debilidad de nuestra mente y corregir la distorsión resultante debemos aprender a despegarnos de nuestros propios egos apelando tanto a la racionalidad como a la manoseada inteligencia emocional de la que tanto se habla y tan poco se ejerce en el mundo de los negocios.

Se sabe, sin embargo, que este sesgo cognitivo suele presentarse de manera muy mitigada en las personas que se han entrenado en la sana costumbre de la autocrítica y la auto observación. Quienes adquieren el hábito de analizar y evaluar permanentemente su propio comportamiento suelen corregir esta distorsión volviéndose más comprensivos, empáticos y objetivos en sus juicios sobre la conducta propia y ajena.

Pero, claro, eso no es algo que se aprenda entre las “aves de corral”. De haberlo sabido, el aguilucho del cuento de Anthony de Mello no habría tardado en darse cuenta de que lo que latía fuerte en su pecho cuando miraba hacia lo alto era el corazón de un águila.

Moraleja con resabios de solicitud: si se encuentra usted un huevo de águila por favor no lo haga empollar por una gallina.

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