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El Violinista en el ……Metro de Washington D.C.

El 26 de febrero de este año revisando mi cuenta de Facebook me encontré con un post que llamó poderosamente mi atención. Días después al menos cinco contactos, no necesariamente relacionados entre sí, compartieron el mismo enlace. Indudablemente la “noticia” tenía el potencial de causar cierto impacto. Lo increíble es que el hecho a que hacía alusión ocurrió hace… ¡cinco años! El hecho de que siga causando impacto tiene que ver con la actualidad de su contenido. Esto suele suceder cuando el suceso toca una cuerda profunda de nuestra experiencia colectiva. Era el caso pues el hecho narrado hace alusión al vértigo de la vida diaria que nos engulle y adormece a todos por igual.

Reflexionando sobre este fenómeno se me ocurrió la idea de basar el siguiente artículo de PMO2Win tomando como partida esta historia que lleva cinco años circulando por las redes sociales y que sirve, entre otras cosas, para hundir el dedo en la llaga en un problema clásico de la vida profesional: la incapacidad de ver la “viga” en el propio ojo.

Vamos pues con la historia de esta semana:

 

El año 2007 se llevó a cabo un singular experimento en la ciudad de Washington D.C. El diario The Washington Post le propuso a Joshua Bell (USA, 1967), uno de los mejores violinistas del mundo, que diera un recital en vivo en el metro de la ciudad en hora punta para medir la reacción del público. El músico aceptó el desafío y llegó puntualmente a la cita vestido de forma sencilla con una gorra de béisbol sobre su cabeza y premunido de su instrumento –nada menos que un Stradivarius de 1713 evaluado en 3,5 millones de dólares–. Entonces se puso a tocar piezas clásicas volcando en la experiencia callejera todo su talento y virtuosismo. Lo increíble fue que en casi una hora pasaron frente a él más de mil personas, pero sólo una lo reconoció –una mujer que lo había visto tocar en la Biblioteca del Congreso– y sólo 27 le dieron dinero, la mayoría sin siquiera detenerse. En total Bell recaudó… 32 dólares, incluidos los 20 dólares de la mujer que le expresó su admiración.

Lo que llama la atención no es que Bell no fuera reconocido –a fin de cuentas, la música clásica es gusto de élites–, sino que no hubiese reconocimiento a la calidad de su interpretación. La gente sencillamente siguió su camino sin percatarse siquiera que frente a ellos exponía todo su talento uno de los más grandes intérpretes del mundo.

Un primer pensamiento que se nos viene a la cabeza al pensar en dicha escena tiene que ver con esa frase que habla de darle perlas a los cerdos… pero es un poco duro. A fin de cuentas, era la hora punta. La gente tiene cosas que hacer. Expertos citados por el periódico aseguran que el contexto importa a la hora de calibrar las experiencias que nos salen al encuentro. Una estación de metro en hora de máximo tráfico no ofrece a la gente la oportunidad de conectarse con la belleza.

Puede ser. Pero nosotros hemos de ir un poco más allá para aplicar el ejemplo aquí expuesto a lo que nos interesa: el entorno en que se desarrollan los proyectos. Creemos que todo es cuestión de foco. Cuántas veces en las organizaciones los empleados pasan de largo frente a las oportunidades que la vida laboral les presenta. Es común en el entorno de los proyectos que las posibilidades de los mismos no sean apreciadas por todos los integrantes de la organización.

Cambiemos a este respecto el eje del modelo desde el concepto “belleza” al de “eficiencia” y el asunto asomará más claro a nuestros ojos. Un proyecto ha de orientarse siempre a obtener más eficiencia a partir del entramado colectivo de la empresa. Sin embargo, muchas veces los mismos individuos que se beneficiarían en el largo plazo con esta eficiencia se hayan más preocupados de otras cosas: su propio desempeño por ejemplo, sus obligaciones y metas específicas, sus problemas cotidianos. Cuántas veces se hace cuesta arriba convencer a los involucrados en un proyecto determinado que se llega más lejos empujando todos para el mismo lado.

En este sentido la experiencia de Bell puede ser vista desde distintos ángulos. Muchas veces el “recital de Bell” al interior de una organización es la visión del líder que trata de llevar al conjunto en la dirección correcta hacia el cumplimiento de las metas colectivas. Cuántas otras el “recital” acontece en las propias narices de los líderes que no son capaces de apreciar las cualidades innatas de sus subalternos para ejecutar la partitura correcta al interior de la organización.

En ambos casos el resultado es una pérdida de energía y esfuerzos absolutamente evitable, el derroche de talento, el pasar por alto las oportunidades que continuamente se presentan –muchas veces de manera no prevista– para encaminar los esfuerzos de todos en la dirección conveniente al cumplimiento de la misión de la empresa.

A su vez, la “hora punta del metro”, el “entorno no adecuado”, pasan a ser las urgencias que le quitan protagonismo a lo importante, los conflictos de intereses, la lucha de poderes y la mala planificación, verdaderos lastres organizacionales que atentan contra la eficiencia de los proyectos.

A veces lo que se persigue con ahínco se haya frente a nuestras propias narices esperando a la persona indicada para enhebrar todas las fuerzas en juego. Sólo falta el hilo conductor, la voz del timonel que oriente el caos colectivo hacia el orden organizacional o el oído aguzado para captar la melodía que, disfrazada de ruido, azota nuestros sentidos embotados.

Un verdadero Jefe de Proyectos ha de estar siempre enfocado en saber apreciar el talento y las oportunidades que el entorno del proyecto le ofrece. En todo tiempo y lugar si algo tiene prohibido un líder es “dormirse” con el arrullo monótono de la cotidianeidad o el propio discurso. Puede haber un Joshua Bell exponiendo su talento a ojos vista de todos sin ser “reconocido”. Puede la propia organización sonar como un Stradivarius del siglo XVIII si sólo conseguimos que todos sus integrantes remen para el mismo lado.

Puede también que la oportunidad de convencer a todos los involucrados de hacer propia la misión de la empresa esté esperando a la vuelta de un gesto, de una sonrisa o de un simple reconocimiento de los talentos individuales de los miembros del equipo. En este sentido, la transformación del “ruido” en “música” depende, en el fondo, de mantener el foco en las cosas que verdaderamente importan. A veces es mejor perder unos minutos en “pensar” un problema que sumergirse en él en medio del frenesí de actividad de la vida laboral.

De una u otra manera… todos somos Joshua Bell.

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